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domingo, 18 de febrero de 2024

¿POR QUÉ NO DECIRNOS COSAS BUENAS?

 ¿POR QUÉ NO DECIRNOS COSAS BUENAS?



Son muchas las veces que mis pacientes vienen a consulta y, cuando les pregunto por algo que valoren de si mismos o que crean que se les da bien me dicen que qué vergüenza les da verbalizarlo, o me dan argumentos para matizar que es algo que alguna vez les han dicho, como suavizando el hecho de que ellos lo pudiesen llegar a pensar.

Ante estas situaciones yo siempre siempre salgo con el mismo discurso: de manera histórica y cultural nos han enseñado a que si decimos algo negativo sobre nosotros mismos, como que somos tontos, la gente tiende a acogernos y tranquilizarnos, diciéndonos, por ejemplo, que eso no es así, que solo ha sido un error.

En cambio, cuando decimos algo positivo sobre nosotros mismos, o una cualidad personal que destacaríamos, el comentario siempre tiende a ser “que flipado eres”, “no tienes abuela” o “te lo tienes creído”.

Lo que trato de decirle a mis pacientes es que, reconocernos las cosas que hacemos bien es algo necesario, ya que, al fin y al cabo, es algo que sentimos de esa forma y negarlo no es positivo para nosotros. Todo esto, sin caer en la arrogancia o desconsideración, claro. No es lo mismo decir “se me da muy bien pintar” que decir “soy el mejor pintor”, pero es muy importante que identifiquemos y que reconozcamos nuestras cualidades positivas, aquello que nos gusta, y lo que consideramos que se nos da bien, y que podamos decirlo en voz alta.

Ahora te propongo que hagas una lista (da igual lo corta o larga que sea), y escribas aquellas cosas positivas que consideres de ti, o algo en lo que te consideres bueno. Recuerda que, cuando digo que eres bueno no quiero decir que seas el mejor que conoces.

Añadir que probablemente, y eso me dice la experiencia, en ese listado, características que ellos consideran defectos y por tanto han excluido, son en realidad virtudes (perfeccionista, sentimental, práctico, sincero….).

jueves, 23 de abril de 2020

LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO HOY EN DÍA


El duelo es un tema muy amargo pero que a su vez está a la orden del día.
Cuando pregunto a mis pacientes si saben lo que es el duelo muchas veces me responden que es una lucha de espadas, por lo que suelo explicarles que el duelo también es dolor. Esto se puede traducir en la muerte de un ser querido, un cambio de hogar, la pérdida de un trabajo o una ruptura sentimental, entre otras. Pero por el momento, voy a centrarme en la posible pérdida de una persona importante.


En muchos casos se está dando una experiencia muy impactante emocionalmente para la que no estamos preparados, en forma de emociones muy intensas que además pueden variar mucho a lo largo del día. Suelen ser emociones desagradables en su mayoría, como son la tristeza, el enfado, la irritabilidad, el shock, el anhelo, la insensibilidad, el nerviosismo o la culpa. También hay manifestaciones a nivel físico como dolor, angustia, cansancio, llanto incontrolado, dolor de cabeza, sensación de falta de aire, etc.

Todas estas emociones son perfectamente comprensibles y válidas, y aparecen como una respuesta a estas situaciones de tanto dolor que se está viviendo.


La tristeza es el sentimiento más común en el duelo y tratar de evitarlo puede dificultar la superación del mismo. Es un sentimiento normal, y es necesario manifestarlo libremente ya que de lo contrario sería contraproducente para la recuperación.

El sentimiento de enfado puede provenir de dos fuentes, por un lado nos encontramos la frustración por no poder evitar la muerte, y por el otro la sensación de abandono, contra la persona fallecida, contra el personal sanitario, etc.

La culpa y los autorreproches aparecen por las acciones que no se realizaron. En este momento se puede dar en mayor medida, ya que la persona en muchas ocasiones no ha podido despedirse, o se siente culpable por la situación o los acontecimientos.

La ansiedad puede aparecer por el miedo a no saber cómo continuar sin esa persona o como gestionar esta difícil situación.

La sensación de alivio es normal en los casos en los que las enfermedades han sido duras y dolorosas, y suele ir acompañado de sentimientos de culpa, ya que el hecho de sentir alivio debido al fin del sufrimiento de la persona fallecida en ocasiones es interpretado de manera errónea, y es por ello que genera sentimientos de culpabilidad, a pesar de ser un sentimiento normal.

Por último, entre las conductas podemos añadir problemas de alimentación, soñar con el fallecido, evitar las cosas que puedan hacerle recordar a esa persona, llanto incontrolado o incapacidad para llorar, llevar consigo objetos que le recuerdan al fallecido o aferrarse a objetos que le pertenecían. Si se diese el caso de que estas conductas no desapareciesen gradualmente acorde al proceso de duelo, sería beneficioso acudir a un especialista.

Cada duelo es un mundo, y en ocasiones me encuentro en consulta con personas que sienten que no han querido suficiente a la persona fallecida porque no han llorado, porque han recordado momentos con una sonrisa o porque se han distraído y disfrutado días después.  Cada uno tenemos unos procesos mentales, recursos propios y manifestación de los sentimientos muy diferentes, y eso no significa que te duela más o menos perder a un ser querido.

También se pueden producir oleadas de dolor, conocidas como “punzadas del duelo”, asociadas a recuerdos que vienen de la persona fallecida, algo que es también muy común. Esto no implica ningún paso atrás o recaídas, simplemente es nuestra cabeza reorganizándose y adaptándose a esta dolorosa pérdida.

Podríamos utilizar el símil de una herida profunda para explicar el duelo. Cuando esa herida tratas de taparla, puede llevar a problemas, ya que periódicamente puede infectarse y supurar -de la misma forma que lo hace el duelo patológico- sin embargo, enfrentarse a la sanación de una herida conllevará tiempo, cuidados y dolor. El hecho de limpiar esa herida, quitando cualquier rastro de infección, puede ser doloroso, pero ayudará a mejorar y dejará una fina cicatriz.





Me gustaría terminar con dos palabras muy fáciles de escribir pero muy complicadas de asimilar: VALIDA Y ACEPTA tus emociones. No hay que luchar contra ellas, es bueno vivirlas, tanto las agradables como las desagradables, y en los primeros meses tras una pérdida dura vivimos una montaña rusa emocional que debemos comprender y aceptar, intentemos realizar acciones que nos ayuden poco a poco a recuperar las riendas de nuestra vida.

jueves, 16 de enero de 2020

QUEJAS COMO FORMA DE VIDA


Son muchas las personas que en su día a día se quejan constantemente. De hecho, reducir estas quejas forma parte de los objetivos anuales de muchos de nosotros.

Estos lamentos con frecuencia no hacen referencia a problemas graves ni a molestias constantes, incluso muchas veces no van acompañadas de un malestar significativo.

¿Cuántas veces has escuchado o dicho: “que cansado estoy”, “que frío hace” …?, cuando valorándolo desde otra perspectiva, este no es un problema real o que necesite mayor atención.
Todas estas quejas van acompañadas de un problema, y es que nos hacen más infelices, tenemos el foco constantemente puesto en aquello que nos genera malestar o incomodidad, sin prestar atención a todas las situaciones que sí nos aportan placer o nos pueden hacer felices.

Estas quejas cumplen la función de amortiguar el malestar o minimizar la frustración. Y aunque inicialmente esta función parecen cumplirla, a largo plazo representan un problema.

El poder compartir nuestras quejas con otras personas nos puede hacer sentir apoyados, aunque en realidad únicamente conseguimos reforzar este patrón, y mantenerlo en el tiempo, como una forma de vida.

Ante los problemas que nos hacen sentir mal, la queja no es ninguna solución, aceptando en cambio que muchas cosas no van por el camino que nos gustaría, e iniciando acciones para aliviar este malestar es donde empezaremos a notar los cambios.

Cuando mis pacientes se enfrentan a un problema que les frustra, siempre hago la primera pregunta: ¿ahora mismo tiene solución?, si la respuesta es sí, busco una movilización para lograr resolver esa situación frustrante. Dividiendo el problema en objetivos realistas y a corto- medio plazo. Si la respuesta es no, lo primero que necesito lograr es la aceptación del problema, ya que no está en su mano resolverlo.



Por último y a modo de reflexión, todas estas quejas nos están impidiendo disfrutar de muchas cosas positivas que nos pueden estar pasando. Te propongo algo… cada vez que verbalices una queja en esta próxima semana, acompáñala de algo positivo que te esté pasando en el día, por pequeño que sea.

¿POR QUÉ NO DECIRNOS COSAS BUENAS?

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